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| McMurphy fue
un respetable ciudadano... en otro tiempo. La locura
le empezó a visitar como una seductora amante
y acabó conquistando hasta los rincones más
ocultos de su mente. No obstante, a cambió
le concedió el don de la suprema lucidez. |
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En un alarde de arrogancia, engullo dos palabras de una frase, para vestirme el adjetivo de Viejo Rockero.
En realidad, la frase correcta sería: Viejo para ser Rockero, pero aún así, me sigo escondiendo en un Blues.
Me da vértigo descubrir que llevo más de diez años subiéndome a escenarios. Si hubiese robado una tabla de cada uno de los que he pisado, ya tendría suficientes para fabricarme mi propio ataúd (macabro, aunque curiosamente romántico). Y mentiría si dijera que no empiezo a sentirme viejo para esto. El encantador ritual que acompaña a cada concierto (cargar, descargar, montar, probar, tocar, desmontar, cargar y descargar), empieza a pesar demasiado sobre mis cansadas espaldas de aspirante a treintañero. Y es que, si algo ha aprendido en todos estos años de rodar por pueblos y tugurios, es que la música es una fulana desagradecida. Apenas un puñado de aplausos a cambio de diez años de mi vida. No se si será un trato justo, pero es el único que la música piensa ofrecerme, así que lo acepto de buena gana.
Y dos noches por semana, apretamos nuestros cuerpos dentro de local de ensayo, dejando a la vida fuera. Esas horas nos perdemos entre notas y sonrisas, que no es poco en estos días, y terminamos cansados y satisfechos de haber esquivado, por un instante, a la cruel monotonía que amenaza nuestras vidas. Y entonces, busco conciertos.
¿Y que queréis que yo le haga?. Yo no puedo evitar ser lo que soy: Viejo (¿para ser?) Rockero.... |
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